“Donde hay educación no hay distinción de clases”
Confucio (551 AC-478 AC)
Había que mirar cómo se
reflejaba en aquella jovencita el miedo al leer la frase de Bolívar que con
letras azules y en una blanca pared se le presentaba a sus ojos: “Las naciones
caminan hacia el término de su grandeza con el mismo paso que camina su
educación”.
El miedo cernido sobre
América Latina se le vino a la mente. La
pérdida de la autonomía americana para dirigir su destino hacía que sus ojos se
abrieran con el asombro de quien se sorprende por una realidad tan palmaria
como esa.
La amenaza de una reforma
a la Educación que impide el desarrollo de una academia sin las ataduras del
sistema Neoliberal ensombrece toda la economía de estos pueblos avasallados por
la pobreza y la desidia gubernamental. La reforma estaba allí, con sus
Mefistofélicas estocadas queriendo
seguir succionando la riqueza de una América acéfala y sin norte. No era para más, la educación del país de sus
amores estaba cayendo en un vórtice acelerado e incierto que la hacía cada vez
más endeble y fácil de destruir para acrecentar los interese mezquinos del
mercado, del comercio y la voracidad de los gremios amantes del dinero, mas no
de la academia y la cultura.
Era un miedo milenario,
salido de sus raíces ancestrales negroides entremezcladas con la
imperturbabilidad indígena; pero miedo al fin. Aunque ella sabía que había
instituciones y personas amantes de la cultura y la buena educación, aún no
había soluciones concretas para materializar la movilidad social y cultural que
su país requería.
Sus ojos se aguaron al
recordar todo lo que habían logrado en la mesa de conversación con los
representantes del Ministerio y con la misma Ministra. Decisiones que se venían
al traste. Máxime ahora cuando veía como dilataban las cosas y ponían la
educación en el plano económico como lo había manifestado un representante del
gremio de los educadores que siempre los ha acompañado en esa lucha
aparentemente infructuosa, pero que serviría de lección a un pueblo adormecido
en reallytis, telenovelas, programas de farándulas y de fútbol que lo hacen
olvidar la importancia de aprender a crecer como civilización, independizándose
de la esclavitud de sus principios y valores culturales.
Soñaba con una nación que
buscara un rumbo que la desatara de la enajenación, “el saqueo, la opresión y
el abandono” como leyó Gabo cuando recibió el premio Nobel.
Recordó que ya en la
educación secundaria habían logrado introducir un sistema de información a
nivel nacional que permitía evaluar todo lo relacionado con la administración
de la educación tales como el número de estudiantes, los alumnos desertores, la
inversión per cápita por alumno desde el preescolar hasta el último nivel de la
básica, pero que no hacía nada por mejorar la calidad de ésta. Siempre les
echaban la culpa a los maestros.
Entonces se acordó que
había leído en la prensa las declaraciones de Orlando Pulido, asesor de la
Relatoría Especial para Naciones Unidas en derecho a la educación, quien
manifestaba: “Se ha instalado la idea de que la calidad es el principal
problema de la educación, y lo que pensamos desde otros ámbitos, en América
Latina y en el movimiento educativo internacional, es que se debe enmarcar en
las garantías al derecho a la educación. Podemos mejorar la calidad de los
procesos educativos en el aula o la formación de los docentes y no resolver los
problemas para el disfrute pleno del derecho a la educación". Igualmente, lo
que había manifestado el líder de su movimiento en una entrevista: “Cualquier
costo en la lucha por un futuro digno es bajito; porque llegamos al punto en
que ya casi no hay nada que perder”.
Sí, porque siempre se valen de la información
del número de capacitaciones, con criterio mercantilista y sin seguimiento ni
evaluación, a los docentes; además, de los resultados de las evaluaciones
externas tanto nacionales como internacionales para decir que la educación
colombiana está en último, o penúltimo, o antepenúltimo por culpa de las
pésimas estrategias pedagógicas de los maestros. Pero no expresaban, con lujos
de detalles, cuáles eran los países desarrollados que las presentaban. Siempre
son los mismos países que puntean en el listado. Asimismo, nunca se han
preocupado qué se hace con esa formación académica recibida por los discentes
después que egresan de la universidad o del colegio ni de la calidad de vida de
esos egresados. No, lo que interesa es el dato y las frías estadísticas.
¿Pero se han preguntado en que condiciones
estudian esos niños o jóvenes, los nuestros y los de ellos? ¿Los núcleos
familiares de esos niños o jóvenes son sólidos o son como los de nuestros niños
y jóvenes, disfuncionales? ¿Se han preguntado si sus padres tienen buenos empleos,
son profesionales con altos principios de responsabilidad familiar, social y
humana que ganan lo suficiente para mantener altos niveles de vida a sus hijos?
¿Se han preguntado cuantas veces viajan, salen de excursión a sitios diferentes
para realizar aprendizajes significativos por fuera de las aulas sin tener que
ser acosados por las autoridades escolares, porque puede haber contingencias y
los maestros siempre serán los irresponsables? Y así habría que preguntarse con
qué criterios se va a competir o evaluar el sistema educativo nacional cuando
se conoce que existen muchos otros factores que inciden para bien o para mal en
el rendimiento escolar de los niños y jóvenes, y que, para colmo de males,
nunca se han tenido en cuanta al momento de poner a competir a los estudiantes
en tan importantes competencias con tan competentes países.
La joven también se puso a
pensar que lo que decía el Presidente y la Ministra con todos sus asesores
incluidos, aburguesados por cierto, era inaceptable para ellos. Ahora habría
que recurrir a las marchas, la protesta, los paros escalonados y todas aquellas
herramientas consideradas básicas para ser escuchados; pero también tenían que
luchar contra aquellos enemigos creadores del caos, propiciadores de la
violencia, para demostrar que si quieren un país mejor donde quepan todos sin
distingos de colores partidistas, ni de piel ni ideológicos. Ella sabía que esa
“utopía” - sería la primera en cristalizarse desde el nacimiento de los tiempos
- tenía que construirse lo más pronto posible para no desbarrancarnos. ¿Qué
iban a saber la Ministra y el Presidente de calidad de educación para un pueblo
multicultural, diverso y en condiciones que nunca han conocido a cabalidad,
sino desde las ventanillas de sus aviones o de sus autos? ¿A caso ellos se
metían con cuarenta o cincuenta adolescentes durante un año de clases a
soportar las adversidades y los desamores de la educación?
Sólo para ella había una solución, mirar la
educación desde lo humano y no desde lo económico. Como diría su amigo Ricardo
Chica “Se convirtió la escuela en una especie de pararrayos social, pues, se
escogió el escenario escolar para tratar de solucionar y compensar todos los
males que nos aquejan, según todas las manifestaciones violentas: contra la
mujer, sexual, suicidios, intrafamiliar, urbana, juvenil, conflicto armado,
microtráfico. Así no aguanta.” Si, así no aguanta ni esta educación básica ni
la superior. Esa que está destinada para ser pirateada por los corsarios del
mercado, quienes creen que la educación no es un derecho fundamental y si una
mercancía dependiente de los vaivenes de la bolsa de valores.
Sus ojos se llenaron de
lágrimas quizás de la emoción de pensar con el corazón y de saber que todavía
existían personas creyentes en sus juveniles ideales. Sintió que la frase de
Bolívar no debía llenarla de zozobra, sino de energía para seguir preparándose
intelectualmente, porque su presente era su futuro. Quien claudica da su brazo
a torcer y ellos eran los llamados a generar las transformaciones requeridas
para cambiar ese esquema retorcido y excluyente con el que habían vivido sus
padres y ancestros.
* Profesor de castellano y literatura del
Distrito de Cartagena de Indias- Colombia y docente de Comunicación oral y
escrita de la Fundación Universitaria Tecnológico Comfenalco
