lunes, 5 de noviembre de 2012

LA BIBLIOTECA UNIVERSAL


A Zsuzsanna Varga, incansable adalid de la Biblioteca



Aquí está la Biblioteca. Es real, no es ficticia. Ya ha sido visitada miles de veces por esa fuerza avasalladora de jóvenes sonrientes que la hacen ser el epicentro del conocimiento. Sus consultas e investigaciones demuestran que los libros de lomos anchos y firme no han perdido su valor.
Este sitio se ha convertido en el lugar ideal para meterse de lleno en ese mundo desconocido de letras, símbolos, señales y mensajes de tiempos inmemoriales. Un laberinto que quien lo penetra no se pierde jamás, sino que se reencuentra con viejos caminos de placeres insatisfechos.
Para algunos, la biblioteca es un sitio muerto y sin razón.  Ven en ella al enemigo oculto y temido por lo que pueda hacer para despertar a los dormidos. Otros,  quizás no le han hallado ese valor intrínseco que posee desde inicios de la cultura cuando se prosternaban reyes y prelados ante ella para encontrar las señales de sus dioses y antepasados. Señales para poder gobernar a sus pueblos sin que estos se rebelaran; puesto que sin ella no eran nada ni nadie, sólo briznas al viento insobornable de un universo de preguntas sin respuestas. 
Sonrío y miro  a Jorge Luis, el maestro. Quiero  lanzarle una pregunta sacada de aquellos sueños con fantasmas anquilosados en los meandros de la memoria que las lecturas me han dejado; pero no lo hago. Lo  reverencio y quedo ensimismado por la forma cómo cuenta desde sus experiencias el significado de la biblioteca para la humanidad. ¡Verdad qué es un maestro! En una disertación pausada y amena ilumina con sus palabras el valor de estos anaqueles atestados de libros de todas partes del mundo. Aquí está el mundo con sus lenguas y sus culturas; sólo falta el ser que se desvele por leer consuetudinariamente en este recinto para completar la trilogía mítica, dice él.
Prefiero callar. Mejor disfruto de la voz pausada de esa biblioteca viviente, Jorge Luis, que me recuerda a Funes “el Memorioso”, con la diferencia que éste si sabe lo que conoce, el otro es la expresión nemotécnica y ya.
Zsuzsanna está enfrente, también sonríe. Está  llena de una placidez beatífica. Su belleza extraordinaria y carisma de mujer extranjera, la hacen más mujer. Disfruta este instante mágico. Lo había soñado; estaba viviendo un sueño, Jorge Luis estaba presente, en este sitio que le correspondía, dando fe de su paso por el mundo.
Ella sabe que su biblioteca se ilumina diariamente con las sonrisas de sus visitantes cotidianos, los jóvenes. Ahora tiene enfrente el sueño mejor logrado. Una biblioteca casi que perfecta, pero perfectible y repleta de ojos ávidos de conocimientos. Cada día  trabaja por esta camada de jóvenes que ven en este lugar un santuario de la historia humana representado en miles y miles de tomos de enciclopedias y libros de toda índole y sobre todo con temas actuales de arte, literatura, ciencia y tecnología que les satisface sus expectativas y sueños de movilidad social.
Esta Biblioteca no es un hexágono. Apenas cubre una parte de toda la edificación en su parte alta. Entonces, Roderick Guzmán, un periodista muy inteligente, seguidor y admirador de Jorge Luis, me dice lo que alguna vez dijo de la Biblioteca de Babel: “Si esta biblioteca es eterna, no puede ser obra de otra criatura que no sea una divinidad, un dios o el Dios. Pero allí está y en ella, recorriendo sus pasillos, solazándose en la lectura de todos los libros del pasado, del presente y del futuro, Borges se convierte en un arquetipo del escritor y de su necesidad de estar cerca del Creador que hizo el mundo con palabras.
Esas palabras llegaron a confrontar lo que se hace desde muchas oficinas burocráticas que matan las esperanzas así como  contrarrestan el afecto que alguna vez sintieron los niños por la lectura, haciendo que los libros sean vistos como demonios que deben ser llevados a la pira donde deberían estar según ellos. Pero  las bibliotecas seguirán siendo, pese a todos los pronósticos, los sitios ideales para seguir creyendo en la humanidad. Son las piezas fundamentales de un sistema educativo liberador de la esclavitud de la ignorancia. Quizás ya no en su función clásica. Aquel sitio con anaqueles llenos de libros soportando el paso del tiempo y el olvido, sino a través de otras fuentes de socialización. Sólo hay que tener sesos para no enajenarse totalmente de esa realidad asfixiante que mata lentamente, adormeciendo el espíritu y creando la dependencia inexorable de pantallas luminosas que cercena la creatividad.
La biblioteca, ese mundo que alguna vez Gustavo Álvarez Gardeazabal llevó, en su pueblo natal, al parque para que los libros fueran manoseados y leído por la gente, es un universo de incógnitas por resolver.
Zsuzsanna me mira con la convicción de saber que los tiempos de la investigación y la información permiten que se vayan cambiando los modelos de un servicio que hasta hace poco estaba desprovisto de los últimos adelantos de las tecnologías. Cree que los libros; esos de lomos anchos y con papel hediondos a mantequilla y a tinta siempre estarán allí en el sitio que les corresponde, la biblioteca, esperando espíritus inquietos y desesperados por conocer y viajar en el tiempo y conversar con las diferentes culturas, no desaparecerán.
Miro a Jorge Luis y lo veo distante, pensando en su biblioteca infinita. No es para menos, un mundo lleno de información infinita, que recaba los laberintos más profundo de las sociedades tanto antiguas como modernas, lo ponen a pensar en la biblioteca idealizada en su mente de escritor. Tal vez ese mundo sinuoso y oscuro de la invidencia le hace sustraerse de esta realidad nuestra, pero lo comprendemos. Su biblioteca es el universo, representado en un hexágono que se multiplica una y mil veces a través del reflejo de la ascendencia humana.
Él es quien conoce esa biblioteca muchas veces soñada e idealizada en su mente. Información como el valor más preciado para el desarrollo social, cultural y económico, la biblioteca en cualquiera de sus formas será siempre la piedra angular de una sociedad civilizada y honesta con todo, parece que susurra.
Hoy, para Zsuzsanna, contar con una biblioteca moderna y actualizada es asunto de competitividad dice a la par de los expertos; pero,  ellos se quedan en ese discurso hueco y se empecinan en decir lo mismo de mil maneras diferentes, y ella le da el toque humano que toda biblioteca debe poseer, amor incondicional por la especia humana. Ellos utilizan siempre un palimpsesto discursivo que hiede a formol; además, no han llegado a materializar los ideales de la razón que tanto pregonan.
Algunos gobiernos, salvo algunas entidades privadas por diversos intereses, tienen poca visión para implementar una política pública de bibliotecas. Tampoco se ve  la presión por defender y  mirar como un tesoro ese bien cultural, la biblioteca. La  entidad que marca la diferencia entre los pises desarrollados y sus gentes, con aquellos que no han despegado de su minoría de edad.
Los pretextos son múltiples y crónicos: pero el más apremiante y que siempre sale a relucir es de las limitaciones económicas. Entonces,  miro a Jorge Luis, a Zsuzsanna y a mi amigo periodista, uno por uno, y les recuerdo la lectura de un documento público muy relevante que recorre la Internet actualmente que me ha hecho reflexionar sobre la biblioteca: “Para convertir a la Biblioteca por ejemplo, en un gran centro de reflexión y pensamiento será preciso que se reviertan problemas básicos que dificultan su labor y que trascienden largamente las molestias por el bullicio estudiantil que tanto preocuparon a sus autoridades. La recuperación y el fortalecimiento de las bibliotecas (…) deben, en suma, formar parte principal de los programas de educación y desarrollo científico.” 



*Docente de Castellano y literatura del Distrito de Cartagena de Indias y de Comunicación oral y escrita de la Fundación Universitaria Tecnológico Comfenalco.