jueves, 13 de septiembre de 2012

Algunas prácticas pedagógicas en la escuela del siglo XXI: un asesinato consentido.



Circula por la Internet un documental muy interesante, La educación prohibida, del papel de la escuela y la educación, a través de las épocas, que me parece, recoge la percepción que tienen muchos de la formación de los niños y jóvenes que se hace desde paradigmas coartadores de sus capacidades. De allí que, con base en algunas reflexiones muy pertinentes, sin entrar a polemizar, porque hay mucha tela por cortar ante esta problemática, se escriba este texto.
Este texto una visión que, desde mi posición de maestro, analiza el desmoronamiento del acto educativo. Pero no se queda estático en la enunciación de la problemática, sino que intenta aportar al debate para que, desde y con los actores educativos, se generen algunas resoluciones viables, desde la reflexión teórico- práctica, que posibilite un cambio de actitud hacia la educación que catalice el progreso del ser humano y la sociedad en general. Tal vez sea una utopía, pero creo en ella. Pues si no se piensa ni se reflexiona desde el quehacer cotidiano los maestros van a seguir perdiendo su protagonismo principal o lo que queda de él.
Sí, la práctica pedagógica que se desarrolla en muchas escuelas y universidades aún sigue inmersa en elementos teóricos obsoletos que han sido superados por el desarrollo de las mismas ciencias de la educación, que la hacen retrógrada ante la historia reciente. Se podría afirmar que en nada llena las expectativas de niños y jóvenes. Como diría Pablo Obando Acosta, joven bloguero, “la verdadera educación, aquella que te deja ser, está prohibida, por cuanto el sistema educativo se ha convertido en un cúmulo de experiencias intrascendentes para las reales necesidades cognitivas y existenciales de la juventud del siglo XXI”.
Entonces, las capacidades, habilidades o competencias de los alumnos no son desarrolladas en su totalidad por la poca o nula disposición para estudiarlas en su esencia. Las habilidades de pensamiento, especialmente la analítica, la cual es desechada como si no fuera base inicial del pensamiento que permite desarrollar el autoconocimiento de la personalidad del educando, además de dotarlo de la madurez para respetar y analizar las ideas de los otros cuando sean diferentes a las suyas o para modificar su criterio cuando se le demuestre que está errado, es muy poco estudiada por los nuevos profesionales de la docencia y mucho menos aplicada en sus clases. Ha primado siempre el criterio economicista y laboral empleado para la formación de mentes sumisas y alienadas, apartadas del pensamiento y la reflexión sesuda. Una educación inmovilizada en dogmas y paradigmas retrógrados que imposibilitan el crecimiento del conocimiento del ser humano y la cultura en todas sus manifestaciones. Esto es, ha estado desarrollando mentes subordinadas.
Quizás esta problemática tiene muchas razones, entre las cuales se pueden enunciar las siguientes: 1) Que sea la consecuencia del desconocimiento de muchos de los nuevos profesionales de la educación en asuntos pedagógicos, entre muchos otros relacionados con la labor educativa; 2) Que sea consecuencia de políticas estatales y de gobiernos que buscan que la mayoría no pueda acceder a puestos de poder, sino que sean únicamente aptos para el trabajo; 3) que tenga más prioridad, para el Estado y sus gobiernos, la inversión para la guerra, que para la ciencia, la cultura, el deporte, y por eso no se le preste la atención requerida para convertirla en fundamento de una nación con deseos de desarrollarse; y 4) Que la misma sociedad y la familia, como núcleo central de la educación inicial del individuo, no le estén prestando la debida atención y sea vista como algo secundario.
Lo anterior no quiere decir que no se reconozca la importancia que tiene la actividad laboral para el progreso de las naciones ni que se desconozcan las capacidades académicas e intelectuales de los otros profesionales.
Una esbozada explicación, de uno de los elementos anteriores, puede ser la manera en que algunos gobiernos posibilitaron el acceso de profesionales diferentes a los pedagogos a formar parte de la carrera magisterial. Agregándose que no es que no la puedan ejercer, sino que, por no tener el perfil profesional y no prepararse para esa labor, encuentran esa actividad poco placentera y sólo la miren como alternativa laboral. Además, no poseer las herramientas requeridas para esa profesión, hace la actividad pedagógica menos profesional, porque la desarrolla un lego en la materia pedagógica; permitiendo no tener los saberes básicos ni el sentido de pertenencia hacia la profesión. Con todo de que a través de cursillos y diplomados intenten cualificarse en saberes pedagógicos, didácticos y metodológicos, según mi parecer, no es lo mismo ni tiene el mismo alcance de una formación sólida en esas áreas.
Esos profesores o instructores sin la debida formación en esas ramas y sin el debido sentir del ser maestro no podrán enseñar como lo hacen aquellos que escogieron el magisterio como profesión. Me preguntaría: ¿podrá un lego realizar una cirugía con la misma capacidad, experticia y profesionalismo como lo hace un cirujano? ¿Aceptarían los profesionales de esa profesión una competencia desleal en ese campo? Creo que no. Asimismo, los maestros se sentirían desplazados y verían que su campo de saber está siendo absorbido por personas sin las condiciones, convicciones ni vocaciones básicas para la docencia. Entonces, ¿Por qué no ha habido el respeto al campo disciplinar del maestro? La respuesta es simple; porque la educación en nuestros países tercermundistas no se considera importante y fundamental para el desarrollo ni la movilidad social.
Son por necesidad estomacal, mas no por vocación ni devoción. Docentes intuitivos se podría decir. Aunque manejan un potosí de valiosa información en sus áreas disciplinares, no están preparados para la formación integral de los alumnos. Sólo manejan una de las tantas dimensiones del ser humano, la cognoscitiva. Dimensión que ocupa un porcentaje de la formación escolar, pero que no es la más importante, pues otras muy trascendentales quedan a un lado y excluidas, permitiendo una malformación de esas personas que urgen un desarrollo volitivo, ético, estético, sicomotriz y cognitivo amplio y efectivo para enrostrar los retos de la época.
Agrega Pablo Obando que “Con el aporte de la ciencia y el desarrollo de la tecnología la sociedad logró un salto significativo en sus estructuras, pero la escuela se mantuvo incólume y se rezagó de las nuevas y renovadas formas de producción industrial. La escuela transmisionista, domadora, castradora y formadora de caracteres poco inclinados a la investigación se constituyó en una de las maneras de sometimiento ciudadano”.
Es decir, siguió y sigue detenida en el tiempo. Jóvenes que llegan sin norte y sin ese afecto hacia el conocer y el estudio, porque ya les han cortado las aspiraciones con una escuela descontextualizada y forjadora de máquinas repetidoras de acciones y de información que no ha podido transformarse ni servir para proponer un cambio en la realidad. Una escuela estigmatizadora o rotuladora de jóvenes que piensan diferentes y por su naturaleza contestataria son mal visto por los adultos, que los señala de rebeldes e insurgentes, porque desean una escuela donde sean valorados y tenidos en cuenta con sus estilos y ritmos de aprendizajes.
Muchos de esos nuevos y también viejos “profesionales de la docencia” están creídos que ser maestro no requiere de la demostración de afecto y sensibilidad hacia el otro; que educar no tiene nada que ver con el amor hacia el ser humano y el saber; además, descalifican el conocimiento y la sabiduría del ser maestro para dirigir a niños y jóvenes cuando enseña con benevolencia sin castigar ni herir. Creyentes de unos saberes “seudocientíficos”, intentan amaestrar a niños y jóvenes como si fueran muñecos de ventrílocuos. Olvidan que el maestro no es quien da buenas respuestas a sus alumnos, sino quien le dinamice el pensamiento, a través del diálogo y el discurrir respetuoso, para que encuentre la solución, reconociendo sus potencialidades y limitaciones. O bien como diría el maestro Raimundo Tenorio Torrente “la sabiduría del maestro dista del universo de sus conocimientos, cuando no logra despertar en sus discípulos el temor por la ignorancia”.
Cabe destacar que la mayoría cree que ser maestro no implica manejar teorías pedagógicas, metodológicas y didácticas que direccionen el quehacer docente con soportes epistemológicos. Tampoco reconocen la importancia de las emociones y los sentimientos al momento de enseñar. Desconocen los soportes epistemológicos de los saberes que dicen enseñar y manejar con propiedad; su historia y los cambios que se han realizado en el transcurrir de la evolución de ellos. Se han dedicado como dice T. Kuhn, a repetir lo que dicen las lecturas clásicas trazadas previamente por los mismos científicos, en este caso por sus viejos maestros.
Entonces, la idea es pararse ante un grupo e intentar transmitir el mayor número de información para que los discentes la repitan o retransmitan sin procesarla ni analizarla. De esta manera se cree que los niños y jóvenes aprenden y conocen. Es decir, pasar la información plana, sin que haya procesamiento de la misma, a través de las respectivas habilidades de pensamiento, es lo que prima y se prioriza en el contexto académico actual, con contadas excepciones. Costumbre que solapadamente sirve para enajenar a la mayoría, impidiéndole que se acerque al verdadero conocimiento. Ese que se da cuando tenemos conciencia de lo que sabemos y de la realidad que nos arropa.
Asimismo, se pude decir que, muchos de los que se dicen ser maestros, también desconocen estas teorías o fundamentos que todo docente debe manejar como soporte básico. Pues, no se puede negar categóricamente que, esa realidad no se dé cotidianamente en escuelas y universidades, donde los discentes adquieren verdades a medias como si fueran conocimientos certeros, porque sería negar la crisis por la cual atraviesa la educación. Consecuencia de todo esto son maestros y discentes alienados y adormecidos por el sistema, detenidos en una rutina sin hacer el menor esfuerzo por soslayar otras alternativas significativas para resquebrajar el paradigma asfixiante de las cuatro paredes del aula de clases.
Integrantes estáticos y permisivos, acomodados a la laxitud de un sistema acaballado por dirigentes inoperantes e ineptos, inmersos en una corrupción perenne, que piensan que los tiempos no cambian.
Hoy se ve que, marcar territorio con la instrucción, haciendo creer que enseñan un saber científico como si la escuela preparara a éstos y no fuera un espacio de convivencia social donde los niños y jóvenes aprenden a vivir en colectivos y donde se dará el disenso como norma primera y no la verdad revelada, es la cultura imperante. Desconociendo el arte de enseñar, asumen el reto y desplazan a quienes estudiaron para esa tarea. Han mantenido la creencia de que enseñar es impartir información para que los discentes la repitan literalmente o se han encargado de ejercitar a través de acciones reiterativas algunos procedimientos como queriendo señalar que así se aprende y se conoce.
Pero lo anterior, es canto de sirena, puesto que, ahora más que nunca, vemos una descomposición escolar y disciplinar sin la existencia de didácticas ni metodologías para enseñar. Añadiéndose el poco amor del maestro hacia sus discípulos como elemento catalizador y formador del proceso. También la mucha preocupación por cobertura y deserción que prima por mantener unos indicadores supuestamente de eficiencia del sistema. Una descomposición que se traslada a lo social, a lo familiar y a lo personal. Se podría decir, mataron la educación y el arte de enseñar; no saben que educar no es instrucción.
Creo que todavía no se ha hecho un análisis detenido de las incidencias nefastas del desconocimiento de los fundamentos pedagógicos en las personas dedicadas a “enseñar” a niños y jóvenes. En el ensayo, Aproximación crítica a la práctica pedagógica descalificadora de la autonomía y la libertad del ser humano en la universidad, manifestaba que “Tanto es, que en algunas universidades, autoproclamadas templos sagrados del conocimiento, aún no se han dimensionado ni en sus generalidades ni particularidades estas conceptualizaciones y se han quedado estáticas, sin hacer una reflexión crítica ante la crisis que atraviesan. Y si la han hecho permanecen inexorablemente inmersas en un silencio cómplice, motivados por la molicie de sus actantes. Es decir, la ley del facilismo ha sido su accionar”.
En suma, es bueno tener presente que el conocimiento total de la didáctica, la metodología y la pedagogía son la piedra angular de una buena práctica docente. Que “enseñar es catapultar las capacidades del ser humano sin imposición ni coerción. No es pertinente creer que la instrucción transforma la realidad. Puesto que, esa percepción es muy grave, ya que coartar la libertad y la autonomía del ser humano no es el sentido de la educación.”
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Referencia
Pedroza, Doria Edinson, “Aproximación crítica a la práctica pedagógica descalificadora de la autonomía y la libertad del ser humano en la universidad”, en http://red-academica.net/observatorio-academico/2012/05/21/aproximacion-critica-a-la-practica-pedagogica-descalificadora-de-la-autonomia-y-la-libertad-del-ser-humano-en-la-universidad/

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